Estamos en busca de un nuevo paradigma para la catequesis. ¿Por qué? ¿Por qué necesitamos un «nuevo paradigma» catequético? LA CATEQUESIS HOY: UN SISTEMA EN CRISIS Una primera razón fundamental está bastante clara: hoy existe una crisis evidente del sistema catequético tradicional. Vivimos una sensación generalizada de fracaso, de ineficacia, de impotencia, de situación muy problemática. Es verdad que no faltan, en el panorama catequético actual, aspectos muy positivos y prometedores, como son, por ejemplo: la creciente demanda de formación religiosa; el aumento y mejora de los catequistas; el redescubrimiento de la Biblia; la nueva floración de experiencias catecumenales; el lento avanzar de la catequesis con adultos; el énfasis en la comunidad; la valoración de la familia como lugar de educación religiosa; la promoción de los laicos en la Iglesia; el paulatino reconocimiento de la igualdad de la mujer; los nuevos esfuerzos de inculturación de la fe; la nueva conciencia de la importancia del dialogo intercultural e interreligioso, etc. Son todos elementos y síntomas de un despertar religioso y pastoral cargado de esperanza. Pero no podemos negar la existencia de una crisis generalizada del sistema catequético, manifestada en toda una serie de situaciones problemáticas o francamente negativas. He aquí algunas de estas situaciones: – El relativo fracaso del proceso tradicional de iniciación cristiana, que se ha convertido, para muchos niños y jóvenes, en un verdadero «proceso de conclusión». – La crisis evidente de la socialización religiosa y de la educación en la familia y en la escuela. – El carácter ampliamente infantil a infantilizante de la catequesis, mientras resulta siempre precaria y descuidada la catequesis de adultos. – El problema siempre abierto de la pastoral sacramental, con sus tradicionales ambigüedades y componendas. – La asignatura pendiente del lenguaje de la comunicación religiosa, que no es significativo y no comunica. – La inadecuada a insuficiente formación pastoral y catequética, tanto de los catequistas y agentes pastorales como de los mismos sacerdotes y seminaristas. Como consecuencia de todo esto tenemos a un pueblo cristiano no catequizado, no evangelizado, no formado en su fe. No podemos negar la existencia de mucha ignorancia religiosa, de representaciones religiosas inaceptables, de una preocupante separación entre fe y cultura, de una situación de subjetivización exasperada, de verdadera crisis de identidad religiosa. EN UN MUNDO EN SITUACIÓN DE CAMBIO CONTINUO También es verdad que todo el problema debe quedar situado en el contexto, complicado y problemático, del mundo actual. La situación es muy compleja porque el mundo y la sociedad han cambiado enormemente, en todos los sentidos, y el cambio continúa vertiginosamente, de forma acelerada a incesante. Resulta muy difícil, prácticamente imposible, controlar su marcha, prevenir sus efectos, imaginar de alguna manera el futuro que nos espera. Se puede decir que, en nuestro tiempo, lo único que no cambia es precisamente el cambio continuo. No estamos solamente ante una «época de cambio», sino más bien ante un «cambio de época». La comunicación de la fe, y toda la acción pastoral de la Iglesia tienen que encarar hoy nuevos e importantes retos. Vivimos «el malestar religioso de nuestra cultura». Resulta imposible prever el futuro. Estamos realmente ante una «terra incognita» que no nos deja ver con claridad hacia que meta tenemos que caminar. ¿Cómo será el mundo dentro de cinco o diez años? ¿Con qué problemas habrá que contar en la comunicación de la fe? ¿Hacia qué modelo de cristiano y de comunidad cristiana debemos orientar nuestros esfuerzos pastorales? Por lo que se refiere a la labor y responsabilidad educativas, la situación se presenta francamente incomoda para cuantos se interesan y están implicados en ella: educadores, pastores, padres de familia, catequistas… Hoy en día cualquier educador esta expuesto a tensiones aparentemente contradictorias: ser responsables de una realidad en gran parte imprevisible; ser capaces al mismo tiempo de adaptarse a las novedades y de conservar la propia identidad; comportarse como verdadero educador, siendo transmisor de un patrimonio de valores, respetando al mismo tiempo la creatividad y autonomía de las personas. Les toca vivir en una situación siempre abierta, dinámica, con frecuencia contradictoria. Hay quien habla, refiriéndose a los adultos de nuestro tiempo, de «inmadurez de la madurez adulta». EL “PARADIGMA TRIDENTINO” YA NO ES ACTUAL La situación es compleja y las causas, múltiples. Pero no se puede negar la responsabilidad de un sistema catequético claramente inadecuado. Hoy se alza en campo catequético un clamor general: el «paradigma tridentino» ya no funciona, no responde a las nuevas exigencias. Se impone la búsqueda de un nuevo paradigma para la catequesis. Pare evitar equívocos, podemos resumir con rápidos trazos lo que entendemos por «paradigma tridentino». Es la concepción de la catequesis, en un contexto relativo de «cristiandad», como instrucción religiosa o enseñanza de la doctrina cristiana, recogida por lo general en los catecismos, dirigida principalmente a los niños y extendida, idealmente, también a los adultos. De este paradigma debemos afirmar, por lo menos, que hoy nos resulta insuficiente, inadecuado, incapaz de responder a los nuevos retos que el mundo nos lanza. Pero digamos enseguida que el problema parece alcanzar proporciones más amplias que las propiamente catequéticas. La búsqueda de un nuevo paradigma para la catequesis resulta enmarcada en búsquedas más amplias a importantes. Por lo menos estas dos: el tema del futuro del cristianismo y la necesidad de repensar el planteamiento pastoral de la Iglesia, hoy. UN TEMA DE FONDO: ¿TIENE FUTURO EL CRISTIANISMO? Hoy es muy frecuente hacerse esta pregunta. Y constituye un reto apasionante digno de la mayor atención. ¿Estamos ante una crisis irreversible? Los síntomas de una grave crisis son más que evidentes: disminución masiva de la práctica religiosa, secularización, indiferencia religiosa, desinterés de los jóvenes, escasez de vocaciones y crisis de credibilidad de la Iglesia. En definitiva: crisis profunda del cristianismo. Muchos hacen diagnósticos preocupados, alarmantes: el cristianismo ha perdido en gran parte su credibilidad; el cristianismo en Francis esta perdiendo toda su valencia y presencia cultural, per lo que se debe hablar de «exculturation» del cristianismo. Se habla de crisis profunda, crisis de la Iglesia, «verdadera catástrofe», «crisis de Dios» (J. B. Metz). Se recurre a las imágenes del eclipse, del invierno, de la demolición. El cristianismo, se dice, se parece a los andamios que han servido para la construcción de la cultura occidental, pero que ahora son ya inútiles; o a un conjunto de bellas ruinas que se admiran en un museo o que se utilizan come piezas ornamentales. Hay quien se pregunta si seremos nosotros quizás los últimos cristianos. En algunos lugares el catolicismo parece estar en decadencia, en retirada, mientras que otras denominaciones, como los protestantes y evangélicos, o como el Islam, aumentan sus prosélitos. A nadie se le oculta la quiebra, a veces vertiginosa, de la práctica y creencias religiosas, la expansión de las sectas, la difusión en la sociedad de un neopaganismo ambiental y de la cultura de la indiferencia religiosa. De todo esto podemos colegir que el problema de la evangelización y la catequesis hay que situarlo hay en un contexto problemático de insospechadas proporciones. También es verdad que se constata una cierta persistencia a incluso «retorno» de la religión, con la floración y el pulular de muchos grupos y movimientos religiosos nuevos (New Age, sectas, ofertas en Internet…). En el fondo, la situación religiosa actual puede ser caracterizada con rasgos de complejidad, ambivalencia y ambigüedad. No faltan en ella aspectos positivos, como tampoco los negativos: formas de superstición, fanatismo, fundamentalismo, formas ambiguas de religiosidad popular, etcétera. UNA CRISIS, EN GRAN PARTE, DE ORDEN “CULTURAL” Se puede decir que la crisis actual del cristianismo es en gran parte de orden cultural: no tanto del cristianismo como tal, cuanto de una suya concreta modalidad histórica, crisis por tanto de «este cristianismo». Contribuye a esto el terrible desfase cultural que se ha producido entre la cultura moderna y las expresiones de la fe cristiana. La modernidad ha introducido nuevos paradigmas interpretativos, pero la Iglesia se ha mantenido por lo general al margen de la nueva sensibilidad. Esta situación problemática –por ser en gran parte un problema de orden cultural- puede y debe encontrar soluciones. No tiene sentido pensar que nuestra época sea más desfavorable para el Evangelio que las anteriores. Incluso se puede constatar que, paradójicamente, en el mundo actual se abren nuevas posibilidades para el cristianismo. UN NUEVO CRISTIANISMO COMO CONDICIÓN Y TAREA Si queremos una renovación seria de la acción pastoral y vislumbrar los rasgos de un nuevo paradigma eatequético, se impone el esfuerzo de imaginar el contexto global de la empresa: el modelo de cristianismo que se anuncia y por el que hay que afanarse. ¿Tiene futuro el cristianismo? Podemos responder tranquilamente que si, y no solo por razones de fe. Claro que con ciertas condiciones y, ciertamente, con rasgos muy distintos de los del pasado. No, por ejemplo, como aparecía en la situación de «cristiandad», ni con muchos aspectos institucionales heredados de los siglos pasados. Pensamos en un cristianismo que no se presente solo como patrimonio histórico y cultural en nuestros pueblo; o como legado europeo que los misioneros difunden por el mundo. El cristianismo del futuro podemos imaginarlo con al menos estos rasgos característicos: – Cristianismo en un contexto plural. El pluralismo hace que no pueda hablarse ya de hegemonía o de control social, pues la propuesta cristiana se encontrará como una entre tantas, emplazada para demostrar su propia validez y credibilidad. Se encontrara en condición continua de diálogo intercultural a interreligioso, y seriamente comprometida en la causa ecuménica. – Cristianismo con una nueva relación con la cultura. Esta relación esta pidiendo una seria reformulación de la fe, una valiente revisión del mensaje moral, un esfuerzo de discernimiento y revitalización de las tradiciones cristianas. – Cristianismo con profundos cambios estructurales a institucionales. Pensamos en cambios relacionados con la realización de la eclesiología conciliar de comunión y de servicio, con todas sus consecuencias: superación del eclesiocentrismo y del centralismo romano; abandono del clericalismo y de toda forma de discriminación intraeclesial (en especial de los laicos, las mujeres, los pobres); conversión evangélica de la autoridad (en relación sobre todo con el ejercicio del papado y la actuación de la colegialidad); promoción de las iglesias locales y particulares; etc. El rostro de un nuevo cristianismo parece que ya empieza a aflorar en no pocas experiencias y realidades del mundo actual. Podemos observar que, mientras asistimos al desmoronamiento implacable de un modelo de Iglesia y de cristianismo, lentamente aflora y se afirma un nuevo cristianismo y una Iglesia nueva que crece desde la base, en multitud de pequeñas o grandes realizaciones, las más de las veces calladas, humildes, pero cargadas de futuro. Son realidades prometedoras de las que, por lo general, no se habla mucho y que no llaman la atención. Pero ya se saber «hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece». La actitud pastoral no debe ser de desconfianza o de condena del mundo y de la cultura actual, sino decididamente de simpatía, de comprensión, de esfuerzo sincero por captar sus dinamismos de fondo y los valores del nuevo tipo de racionalidad que encarna. En definitiva: actitud de fe, de confianza en el poder de Dios, que «tanto amó al mundo…» (Jn 3,16). No debemos dudar de que Dios sigue amando al mundo, también al mundo de hoy.